El amor

Al amor, se le llama con razón “el rey de las virtudes cristianas”. “El propósito de este mandamiento –dice S. Pablo– es el amor” (1 Timoteo 1:5 RVR1960). Es una virtud que todas las personas profesan admirar. Parece una cosa muy clara y práctica que todo el mundo puede comprender.

No es una de “esas cuestiones doctrinales problemáticas” acerca de las cuales los cristianos no se ponen de acuerdo. Sospecho que hay miles de personas que no se avergonzarían de decirte que no saben lo que son la justificación o la regeneración, la obra de Cristo o la del Espíritu Santo. ¡Pero creo que a nadie le gustaría decir que no sabe lo que es el “amor”! Aunque los hombres no posean ninguna otra cosa relacionada con la religión, siempre pueden presumir de que tienen “amor”.

Podría ser útil exponer unos cuantos pensamientos sencillos acerca del amor. Hay algunas ideas falsas difundidas por ahí que es preciso disipar. Hay errores que es preciso rectificar. En mi admiración del amor, no cedo ante nadie. Pero me atrevo a decir que parece que en muchas mentes toda la cuestión se malinterpreta por completo.

I. Permítaseme explicar, primeramente, cuál es el lugar que la Biblia confiere al amor.

II. Permítaseme explicar, en segundo lugar, lo que es realmente el amor de la Biblia.

III. Permítaseme explicar, en tercer lugar, de dónde viene el verdadero amor.

IV. Permítaseme explicar, por último, por qué el amor es “la más grande” de todas las virtudes.

Reclamo la máxima atención de mis lectores hacia este asunto. El deseo de mi corazón y mi oración a Dios es fomentar el crecimiento del amor en este mundo cargado de pecado. En nada se manifiesta con tanta fuerza la condición caída del hombre como en la escasez de amor cristiano. En la Tierra hay poca fe, poca esperanza y poco conocimiento de las cosas de Dios. Pero, después de todo, no hay nada que sea tan escaso como el auténtico amor.

I. Permítaseme explicar cuál es el lugar que la Biblia confiere al amor.

Comienzo con este punto a fin de establecer la inmensa importancia práctica del asunto que estoy tratando. No olvido que hay muchos cristianos de altos vuelos en nuestros días que casi se niegan a prestar atención a ningún aspecto práctico del cristianismo. Solo son capaces de hablar de una o dos de sus doctrinas favoritas. Ahora quiero recordar a mis lectores que la Biblia contiene mucha práctica además de contener mucha doctrina, y que una de las cosas a que atribuye gran peso es el “amor”.

Recurro al Nuevo Testamento y pido a los hombres que observen lo que este dice acerca del amor. En toda indagación religiosa, no hay nada como dejar que la Escritura hable por sí misma. No existe un camino más seguro para descubrir la Verdad que la senda antigua de volverse sencillamente a los textos bíblicos. Los textos de la Biblia fueron las armas de nuestro Señor, tanto a la hora de responder a Satanás como cuando tuvo que discutir con los judíos. Esos textos son una guía de la cual no debemos avergonzarnos jamás cuando nos refiramos a ellos en el día presente. “¿Qué dice la Escritura?” (Gálatas 4:30); “¿Qué está escrito […]? ¿Cómo lees?” (Lucas 10:26).

Oigamos lo que dice S. Pablo a los corintios: “Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy. Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha” (1 Corintios 13:1-3).

Oigamos lo que dice S. Pablo a los colosenses: “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14 RVR1960).

Oigamos lo que dice S. Pablo a Timoteo: “El propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Timoteo 1:5 RVR1960).

Oigamos lo que dice S. Pedro: “Sobre todo, sed fervientes en vuestro amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados” (1 Pedro 4:8).

Oigamos lo que dice Nuestro Señor Jesucristo mismo acerca de ese amor, que no es más que otro nombre para referirse a la caridad1: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13:34-35). Sobre todo, leamos la descripción que hace nuestro Señor del Juicio final, y démonos cuenta de que la falta de amor condenará a millones de personas (cf. Mateo 25:41-42).

Oigamos lo que dice S. Pablo a los romanos: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley” (Romanos 13:8).

Oigamos lo que dice S. Pablo a los efesios: “Andad en amor, como también Cristo nos amó” (Efesios 5:2 RVR1960).

Oigamos lo que dice S. Juan: “Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4:7-8).

No voy a hacer ningún comentario acerca de estos textos. Creo que es mejor ponerlos delante de mis lectores en su simplicidad desnuda y dejar que hablen por sí mismos. Si alguien se siente inclinado a pensar que el tema de este capítulo es un asunto de leve importancia, solo le pediré que mire estos textos y se lo piense de nuevo. El que rebaje el “amor” del lugar alto y santo que ocupa en la Biblia, y lo trate como una cuestión secundaria, tendrá que arreglar cuentas con la Palabra de Dios. Ciertamente yo no voy a malgastar mi tiempo discutiendo con él.

A mi entender, las pruebas que aportan estos textos son claras, simples e incontrovertibles. Muestran la inmensa importancia del amor al ser una de las “cosas […] que pertenecen a la salvación” (Hebreos 6:9). Demuestran que tiene derecho a demandar la profunda atención de todos aquellos que se llaman cristianos, y que los que desprecian la cuestión no están más que poniendo en evidencia su propia ignorancia de la Escritura.

Publicaciones Aquila, copyright ©2009

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